Personas dulces: ecopoiética desde el suelo

Rosenda Wilde y Emilio Hernández

Jornaleros en un campo de caña

Entre surcos, oro negro volando entre remolinos de viento, Tenek, Zapoteco, Pame, Popoloca, Nahuatl, machetes, fuego y olor a melaza, están los hijos de los hijos de los hijos, sembrando resistencias. Colonización, globalización, producción, capitalismo, industria y monocultivos son sistemas que han fragmentado y siguen permeando nuestras vidas. Un mundo que se piensa diferente y, sin embargo, en lo profundo de los cañaverales viven “personas dulces” despojadas de sus territorios, de sus lenguas y de su autonomía.

A pesar de más de 500 años de colonización, se sigue luchando por defender lo nuestro y las diferentes formas en las que existimos; se sigue luchando por reconocernos como un todo ante un sistema que nos impone ser individuos, haciendo a un lado la reciprocidad de la vida. Por eso proponemos re-valorizar, enunciar , colaborar, re-conocer, registrar, articular y testimoniar a través de la reflexión en la imagen y publicación, un espacio de encuentro para tejer colectivamente un pensamiento crítico, dinámico y generar que los espacios de la fotografía y escritura conjunta, también sean lugares de compartencia a través de la movilización de la conciencia social; pensando concretamente en nuestra realidad, en donde los cambios son tan intensos y rápidos que es necesario hacer esfuerzos para proponer, resistir, re-ajustar nuestra memoria.

Durante los meses de marzo, abril y mayo, en un recorrido por algunos estados de la República Mexicana, se documentaron experiencias en las zonas cañeras. Las fotografías testimonian que aún enfrentándonos a múltiples limitaciones sistemáticas, seguimos construyendo formas colectivas del hacer cotidiano y generando narrativas propias de vida. A partir de este registro fotográfico, de historias orales, convivencias con las personas y los territorios, la mirada que emerge en estas imágenes es un ejercicio de re-valorización hacia la labor y la resistencia comunitaria en las zonas de corte de caña.

Es aquí donde se vuelve necesario mirar con más profundidad los pies, la tierra, la materia oscura que sostiene cada gesto. Entre cañas, lodos, cenizas y grietas aparece una ecopoiética desde el suelo: una manera de sentir y de hacer mundo que no nace de las alturas ni de los discursos, sino de la fricción entre cuerpos, herramientas, historias y capas vivas de tierra. La ecopoiética no se presenta como concepto, sino como práctica que brota del contacto directo con el terreno; es creación nacida de la convivencia con lo terrestre, una forma de pensar con lo que brota, se quiebra, se hunde o resiste bajo nuestros pies.

El suelo—con sus huellas, desperdicios, humedad, fracturas y espesores—se vuelve un cuerpo que habla. Sus grietas revelan tanto las presiones del sistema como las respiraciones de lo que aún puede sostenerse. Allí, donde la tierra se abre o se compacta, donde la caña marca surcos, se hace visible una geología íntima: un relato de desgaste y de posibilidad. Esta ecopoiética permite entender que la vida comunitaria no sólo ocurre sobre la tierra, sino con ella; que cada acto cotidiano produce mundo en compañía de un suelo que es archivo, herida, promesa y memoria.

“Nadie existe solo, existimos con los demás”. Esta muestra de imágenes nos permite reconocernos en el otro, en el bien común y en la reciprocidad. “Personas dulces” y su hacer cotidiano como fuente de aprendizaje, como movimiento de vida, como forma de entender el mundo, permiten fusionar culturas: pequeñas réplicas de comunidades dentro del movimiento de la migración y la intimidad de las lenguas.

Es desde el suelo—ese sustrato compartido, vivo y vulnerable—desde donde se tejen estas continuidades, estas resistencias y estas formas de crear mundo que llamamos ecopoiéticas.

RE-VALORIZAR.

RE-PENSAR.

RE-PLANTEAR.

REFLEXIONAR.

Lo nuestro.

Frente a un suelo quemado, el rastro visible del monocultivo, se hace evidente una crisis de desconexión y de sentido. La tierra aparece fragmentada y agrietada, exhausta de ser productiva. Ha sido reducida a una superficie que se interviene bajo una lógica de mercado que busca accionar un control aparente sobre la vida. Y esa misma fuerza que intenta dominar lo vivo —y que rompe la tierra— ha abierto grietas también en la forma en que entendemos las tramas y relaciones que nos sostienen, esas que hacen mundo más allá de los conceptos.

Esta es, una vez más, la historia de un suelo invisible. El testimonio de una incongruencia que nos atraviesa a todxs: habitar espacios que han olvidado al suelo mismo, del que somos parte y que nos sostiene.

Hablamos seguido de un mundo fragmentado, pero mirando estos suelos rotos es claro que la fragmentación también pasa por nuestros cuerpos. Se vuelve visible la monocultura de la mente: esa separación con lo natural que inicia en el pensamiento y termina afectando al cuerpo y a la cotidianidad. Y desde ahí, nuestras formas de estar en el mundo comienzan a tensarse.

Estamos en un lugar enredado que se nos escapa. Un lugar donde los vínculos fundamentales —la memoria colectiva, el cuidado compartido y la reciprocidad— aparecen debilitados. Entre la incertidumbre y la pérdida surge con fuerza la pregunta de qué hacer ante esta desorientación que nos atraviesa y que, paradójicamente, también nos mantiene unidos. Desde ese punto nace esta publicación: para mirar una relación que ya no puede suturarse, sin quedarnos únicamente en la descripción. Para intentar enunciar otros paisajes posibles.

Desde este contexto, una pregunta insiste: ¿cómo se habita un suelo herido? Esta interrogante abre un espacio para pensar cómo entendemos el suelo, cómo lo transitamos, cómo podemos coexistir con él. No sólo observarlo, sino participar de sus ciclos.

El cuidado no surge de la distancia ni de la diferencia, sino de la relación. Nuestros suelos necesitan dulzura; necesitan que volvamos a encontrarnos con ellos sin intentar fragmentarlos. Porque lo comunal se activa cuando la lengua, la vida cotidiana y la tierra dejan de separarse. Cuando dejamos de pensar en pedazos y recordamos que nos sostenemos en común.

Somos parte del suelo. Y la palabra que quizá necesitamos aprender a habitar es reciprocidad, esa que puede guiarnos hacia una forma distinta de estar, incluso desde las grietas de un mundo herido. No basta con hablar del suelo: es necesario hacer con él. Por eso invitamos a activar gestos que nos devuelvan a la relación y que nos permitan, de manera conjunta, crear, cuidar y recomponer el mundo con el suelo que nos sostiene.

El suelo insiste

El suelo no muere. Respira lento, fermenta heridas, disuelve los nombres. Bajo la caña y la maquinaria, sigue trabajando en silencio: recompone, traduce, transforma lo que cae. Allí donde la vida se agota, el suelo inventa su propia lengua: una poiesis subterránea que rehace vínculos con lo que queda.

Quienes lo pisan no siempre lo miran. Llegan cansados, llegan buscando un espacio para habitar, abriendo surcos sin amor y sin tiempo. Y sin embargo, en ese roce forzado, algo ocurre: una conversación muda entre piel y polvo, entre los que buscan sustento y la tierra que aún sostiene.

El suelo recibe las contradicciones sin juicio. Tolera el exceso, la quema, la repetición. Y aún así, deja pasar el agua, deja brotar la fiesta, permite que otros modos de estar —otras memorias, otros sueños— se mezclen con su pulso.

Quizá la comunidad empiece ahí: en esa comprensión muda con lo que sostiene, en dejarse afectar por un suelo que, aun herido, sigue haciendo mundo con nosotros.

“Reflexionar para aprender en donde vivimos”

Ensemble.

Emilio Hernandez - Rosenda Wilde.

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